Diario de Bolivia: Capítulo I

¿Por dónde se empieza una crónica de viaje? Sobretodo cuando no es cualquier comienzo, sino el comienzo de todos los comienzos, base y causa del presente. ¿Cómo se comienza una crónica así? Creo que por el principio, ¿no?

Antes de empezar, quizás, debería aclarar un par de cosas: Las fotos que pueda subir sobre este viaje son escaneos de antiguos revelados, excepto las de portada que en este caso pertenece a Jorinde Verpoorten  a quien agradezco profundamente. También merece una especial mención Carolina Clack, que tuvo mucho que ver con esto.

Los personajes que aquí (o en cualquiera de mis relatos) aparezcan, no lo harán con sus verdaderos nombres para preservar su identidad (y poder criticarlos libremente), aunque quizás lo hagan en fotos, a menos que me pidan lo contrario.

Gabriel García Márquez opinaba que a la hora de escribir había que hacerlo sin apuntes porque la mente recuerda lo que de verdad importan, lo demás es un relleno del que podemos prescindir. Yo agrego que las cosas existen sólo como se las recuerda, aunque eso signifique alejarlas de la realidad. ¿Cual es la realidad de un suceso que ya no existe (y que solo vive en la memoria de ciertas personas) sino la forma en que se la recuerda? Dicho esto…

El contexto

Por aquellos años andábamos tropezando por universidades, licenciaturas y tecnicaturas que hoy poco tienen que ver con quienes somos. También tropezábamos mucho en camas ajenas, a las que no pertenecíamos ni nunca lo hicimos. Eran buenos años de muchos excesos y pocas responsabilidades. Sin embargo nosotros y nuestras cabezas inconformistas, idealistas, existencialistas y muchas mas istas que ahora no recuerdo (pero que las hay) decidieron que la monotonía debía desmonotonizarse y fue así como empezamos a gestar el futuro (ese que todavía no fue). Unos meses después partimos en dirección al norte argentino esperando recorrer Bolivia, como lo había hecho alguna vez un joven Ernesto Guevara (poco tiempo antes se había estrenado “Diarios de motocicleta“, del brasileño Walter Salles y eso explicaba mucho. La indivisibilidad de las cosas es elemental a la hora de contar historias, como Traveler y Horacio, dos expresiones de una misma cosa).

Córdoba nos vio partir. También lo hizo mi viejo en aquel abrazo en el portal de San José de Calasanz al 492. Teníamos unos cuantos billetes de autobús para la ciudad de San Ramón de la Nueva Oran (a partir de ahora simplemente Oran), en Salta, y unas mochilas sin estrenar que parecíamos idiotas al mirarlas con ojos enamorados (en realidad estábamos enamorados de la idea de nosotros caragándolas como estandarte de libertad). Hoy todavía me sigue acompañando.

Éramos tres y el mundo, así nos sentíamos, sólo tres contra el mundo, que por ese entonces era nuestro y de nadie más.

Los protagonistas

Tribbiani es una especie de hermano del alma (si es que existen esas cursilerías de poemas simples y poca cultura). También estaba Jota, que para ese entonces yo no sabía quien era (tampoco estoy seguro de saberlo hoy). Creo que sólo lo conocí durante unos años y después ya no. Sinceramente, pienso que no nos vimos más allá de unos pocos meses, pero de alguna manera se volvió un personaje importante en mi historia por lo que lo recuerdo como un compañero de vida, aunque es muy posible que esté equivocado.

De izquierda a derecha: Tribbiani, Jota y yo (Oran, Salta).

El norte es el principio del mundo

Partimos para Oran, no sin antes (para ser exacto la noche anterior al viaje, porque las cosas fáciles no eran nuestro estilo) tener una discusión bastante importante con Tribbiani, que luego terminó por separarnos en medio del viaje mas importante de nuestras vidas. La razón: Jota. Aunque para ser franco también teníamos nuestras diferencias en cuanto a lo que buscábamos: yo, una experiencia de vida sin fecha de retorno. Él, conocer Bolivia y volver en unos meses.

Tengo pocos recuerdos de Oran, sólo sé que de ahí debíamos ir a una pequeña ciudad Salteña llamada Aguas Blancas, donde cruzaríamos a Bermejo, en Bolivia.

A continuación un extracto del correo que le envié a mi familia y amigos:

“Oran (Salta) 12 de Marzo del 2006.

Primeras novedades. Estamos en Salta en un lugar llamado Oran. Mañana salimos para Aguas Blancas y después para Bolivia porque acá es medio caro todo y está lloviendo.

En el “bondi” (autobús) conocimos unos gendarmes que nos recomendaron lugares donde ir y que un taxi hasta Aguas Blancas (que son 150 km), una hora de viaje, cuesta cuatro pesos, o sea ¡nada!

Ahora estamos parando en una piezita hasta mañana que salimos para Aguas Blancas. El viaje fue tranquilo. Acá comimos en un comedor que por tres pesos nos dieron fideos con peceto. Podíamos comer un plato de sopa grande también, pero ya estábamos llenos. Hasta recién estuvimos tirados en una plaza. Está todo cerrado y hay muchas partes pobres.

Estábamos por comer en un lugar, pero finalmente nos fuimos a ese comedor donde el sanguche de milanesa sale $1 (peso argentino) el simple y $1,50 el completo. El lomito $1,50 el simple y ¡$1,75 el completo!

Bueno gente, los voy dejando. Espero esté todo bien por allá. Nos vemos y besos para todos”

Aguas Blancas

Recuerdo una montaña cubierta completamente por árboles y maleza, al mejor estilo amazónico. Crecí en un pueblo de montaña, sin embargo jamás había visto una cubierta por vegetación de aquella manera, por eso me asombré. Antes de cruzar la frontera decidimos comer. Llevábamos una pequeña anáfe de esas que se enganchan directamente al pico del pote del gas en aerosol. Estábamos en medio de una plaza pequeñita. Pusimos a calentar una olla con agua de una canilla que había por ahí. No pasó mucho hasta que algunos vecinos salieron a ver a esos tres forasteros cocinando en el centro del todo de la nada. Muchos sonrieron y nos saludaron. Alguno se acercó a hablar o quizás nosotros nos acercamos, no podría estar seguro. Recuerdo la entrada a una casa rodeada de ligustrinas, con una mujer de caderas anchas y el cabello, negro azabache, todo desprolijamente garabateado sobre su cabeza, regando con una manguera (de la que después bebimos ) la sequía que pegaba fuerte, desde el sol al suelo, las calles de tierra caliente que derretían la vista allá por el horizonte. También recuerdo que el agua tardó una eternidad en hervir. Lo que no recuerdo es si finalmente comimos los fideos o desistimos en el torpe intento, después de todo la comida por ahí era muy barata.

Sobre Aguas Blancas escribí: “Ayer de Oran nos fuimos a Aguas Blancas ¡ese lugar es hermoso! es una villita chiquita ¡pero hermosa!”.

El cruce

Estando en Aguas Blancas hay dos maneras de entrar a Bolivia: bordeando el río Bermejo en taxi, o a pie, hasta el Puente Internacional Aguas Blancas y cruzar por el puesto aduanero, o por el Paso de Chalanas a orillas del río Bermejo, que consiste en una especie de “bote-taxi” (o chalana, valga la redundancia) que cruzan el río hasta el puesto migratorio que se encuentra en la orilla de enfrente. El taxi nos costaba más que el bote y además ¡no era una chalana!

El cruce dura unos pocos minutos, pero el río Bermejo es violento. Considerado de los más importantes de la Cuenca del Plata es uno de los accidentes geográficos mas notables del Gran Chaco. Su corriente es fuerte y su personalidad imponentemente respetable. Caer significa morir, o al menos así lo parecía aquel 13 de marzo de crecidas turbias.

La chalana (más vieja que el barco más viejo que puedan imaginarse) golpeaba contra las olas provocadas por la corriente de agua marrón. No voy a mentir diciendo que fue peligroso o emocionante desde el punto de vista aventurezco, ya que no es así. En menos de 15 minutos estábamos pisando suelo boliviano, pero yo no había salido antes del país (en realidad había estado en Chile de pequeño con mi familia, pero es irrelevante), por lo que para mi esos 15 minutos significaron el comienzo de una vida entera, la mayor odisea personal hasta el momento. Quizás por eso recuerdo ir sentado, prestando atención al movimiento vaiveneante y el ruido del motor cansado y ronco. No olvidemos que el “grupo” ya había zarpado roto, no eramos tres, sino más bien ellos y yo, por lo que buscaba, constantemente, enfocar mi atención en todo tipo de detalles. Tenía una cámara compacta a rollo que ni siquiera puedo recordar su marca y casi no me quedaban fotos, ya que casi no tenía dinero. Por eso pensar, prestar atención, escuchar, mirar, era todo lo que podía costearme.

Río Bermejo del lado Boliviano. Atrás Aguas Blancas.

Desembarco del Rey

Finalmente pisamos suelo boliviano. Estábamos afuera de Argentina, aunque podíamos verla al otro lado del río, pero estábamos afuera de Argentina. Cruzaríamos la aduana, iríamos a la ciudad de Bermejo, compraríamos dinero local y aquel mismo día, o quizás el siguiente, nos dirigiríamos a la ciudad de Tarija, capital de la provincia homónima. Revés de quijada: la aduana estaba cerrada.

Cualquiera imaginaría una puerta imposible de cruzar, un pasillo con rejas y candados, una planilla con horarios de apertura o, cuando menos, un cartel que con la leyenda “vuelvo en 10 minutos, salí a almorzar”, pero no, la oficina estaba cerrada, pero los pasillos abiertos.

Caminamos a través del puesto aduanero y estábamos en Bolivia. No teníamos el certificado de entrada al país, pero estábamos en Bolivia. Tampoco contábamos con dinero boliviano, pero estábamos en Bolivia. Así como estábamos fuera de la Argentina, ahora, estábamos en Bolivia.

Sopesamos continuar pero nos dimos cuenta que en caso de una emergencia, no tener el sellado de ingreso podía traernos problemas.

El Puente Internacional de Aguas Blancas estaba a 2.8 kilómetros montaña arriba. Cargando nuestras mochilas de 68 litros (sobrepasadas de peso), con más de 30 grados de temperatura y bordeando el río, llegamos hasta el cruce migratorio al que no habíamos ido en taxi por culpa de unas seductoras chalanas. La caminata fue muy dura, la mochila ya no parecía la mejor de las ideas. Un par de horas después estábamos oficialmente en Bolivia, así como ya no estábamos  oficialmente en Argentina, ahora, estábamos oficialmente en Bolivia.

Continuara…