La Baldosa: Crónica de una milonga porteña

El barrio de Flores está frío y oscuro. Son las 12 y media de la noche y el silencio en la esquina de Ramón Falcón y Culpina no resulta extraño un viernes a la noche. Pero allí, a mitad de cuadra, donde los coches ya no caben y parece que no hay nadie, se esconde, tras un pasillo largo en el que el sonido muere, una de las milongas más importantes de la Ciudad de Buenos Aires. De la calle al salón, del silencio a la música, de la bufanda al sudor, del mundo al tango: Bienvenidos a “La Baldosa”, milonga porteña sí las hay.

Desde hace poco mas de 15 años que la peña “El Pial” alberga uno de los secretos mejor guardados de la noche porteña. Olor a perfume rancio mezclado con rouge y bolitas de naftalina aromatizan el salón donde pibes de antaño, con los ojos dulces y brillosos y sonrisas pícaras, “cabecean” papirusas sexagenarias de peinados altos, labios intensos y  parpados turquesa, que ríen a carcajadas cuando algún zorzal criollo tira un chascarrillo al compás del 2×4.

Horacio Fiorentino en “La Baldosa” (Foto: Javi Gutierrez)

“Acá sólo viene el que quiere venir, nadie cae por casualidad“, dice Horacio Fiorentino, fundador, junto a su mujer Alba, de la milonga que cada año celebra la final del “Mundial de Tango”, al que asisten bailarines profesionales y amateurs de todo el mundo. Juntos convirtieron una reunión de viernes por la noche en un clásico porteño donde cada semana convergen varias generaciones unidas por la pasión del baile más sensual del mundo.

Las primeras horas

Hasta poco después pasada la una de la madrugada, prima una eterna sensación de que el tiempo se vuelve algo estático y agobiante. Los viejos más viejos, esos que van cada domingo al mercado y que todavía mandan flores en vez de emojis y escriben cartas en vez de whatsapps, entran despacio y se van sentando en las mesas dispuestas alrededor de la pista de baile: un gran mosaico central (o “baldosa”, de ahí el nombre) levantada unos 10 centímetros por sobre el nivel del piso, donde rechinan suelas de goma, zapatos brillosos y algún que otro stiletto atrevido.

Por momentos el lugar parece un club de jubilados y la certeza de que alguien pasará repartiendo cartones de bingo para sortear un cupón de 50% de descuento en sales para baño se fortalece con cada minuto que la pista permanece vacía. Pero a medida que la  noche avanza el aire se rejuvenece, las arrugas se estiran y las nalgas se ponen firmes como “gimnasta de Rusia“.

Cada viernes “la Baldosa” se llena de gente. (Foto: Javi Gutierrez)

Así, esos cuerpos de vidas cansadas que prometían poco y parecían destartalarse en cada paso, ahora van tirando “barridas” y “enganches” por doquier y, entre “cuartas” y risas, van dibujando sobre la pista, con quiebres de cintura de jovencitas de 20 nacidas antes del 65, lo que ningún millenial ni centennial, con mas técnica que elegancia (esa que no se enseña en ninguna academia) logran imitar.

Hasta Horacio se mezcla entre la gente resbalando los pies de un lado a otro con esa gracia nata de algo que sale desde muy adentro del estomago (donde se guardan las cosas que de verdad importan). Alba no baila mucho pero es la encargada de que todo funcione como tiene que funcionar. Va de un lado a otro, atenta a cualquier detalle. Pasa de grupo en grupo y todos la conocen. Tampoco pierde de vista a Horacio.

Los bastones quedan relegados al lado de las mesas y son las camareras las que ahora trastabillan al andar, esquivando decenas de parejas que se agolpan sobre la pista y no paran de moverse. El lugar es una fiesta y el salón ya no huele a Glostora vencido, ahora se respira tango. Esto es una milonga y no pavadas y así lo sienten Oscar y Nina, campeones mundiales de tango senior y acérrimos concurrentes de La Baldosa, a la que no dudan en bautizar como “el mejor salón de Capital”.

Los Campeones de “La Baldosa”

Oscar Brusco y Nina Chudova (Foto: Javi Gutierrez)

Oscar Brusco de 90 años y Nina Chudova de 83, se conocieron hace 20 años en la milonga Salón Sur, de Pompeya. “Somos viudos. Nos salvó la milonga. Estábamos pasando por un mal momento y tuvimos la suerte de encontrarnos“, cuenta Oscar que, en el año 96, a los pocos minutos de conocerla le dijo que estaba enamorado y ella lo trato de “loco”. Luego, durante un
año le envió un ramo de rosas diario firmado con sus iniciales. “Él me ponía “OB” y yo no sabia quien era. Cuando celebré el aniversario de un salón que yo manejaba, vino y me preguntó si me habían llegado sus flores. Le dije que no. Salió para la florería y volvió con un ramo gigante y una tarjetita que decía “OB”. Ahí supe que era él. Desde entonces no nos volvimos a separar”, agrega Nina sonriendo orgullosa.

Hoy son conocidos en todos los salones de Capital y Gran Buenos Aires (bailaron hasta en el Luna Park) como “Los Campeones de La Baldosa“, en parte gracias a Horacio que los inscribió a la fuerza en su primer competencia, allá por el 2014, la cual terminaron ganando y que los catapultó a una carrera que hoy los tiene apareciendo en programas de televisión y exhibiciones por todo el país.

El final

Pero cuando el reloj marca las tres de la madrugada, los menos jóvenes comienzan a abandonar el lugar. Sólo unos cuantos testarudos, con más espíritu que aire en el respirador, se quedan “ocheando” y “pisandoLa Baldosa, aunque de fondo se escuche un Montaner o un Julio Iglesias que invitan a largarse de allí lo antes posible. Oscar y Nina son despedidos por todos y les toma una eternidad cruzar el salón hasta la puerta de calle.

Bailando en “La Baldosa”. (Foto: Javi Gutierrez)

Vuelven los bastones, los sacos de lino color polilla y los pasos destartalados de hombres eternos y mujeronas centenarias que se saludan con besos de labiales intensos que quedan marcados en mejillas y dientes. Algún olvidadizo regresa a buscar la cartera que su señora dejó colgada del respaldo de una silla. Por ultimo se retiran Horacio y Alba. La Baldosa encierra un ecosistema propio de especies en peligro de extinción. Y así se van todos, caminando despacio, del salón a la calle, de la música al silencio, del sudor a la bufanda, del tango al mundo, de La Baldosa a Buenos Aires: Gracias por venir. Hasta la próxima pieza.