Shibuya

Los pies en completa cinética, en largas filas, a la espera de la señal. Si llueve el caos se incrementa y los paraguas amenazan los ojos. Si es de noche los neones encandilan. Los coches pasan rápidamente, en turnos, a la vista de bocas y barbijos. Tan solo segundos separan a más de dos mil personas esperando la avalancha, a enfrentarse cara a cara, donde la ley de la selva decidirá quien llega primero. La luz marca el rojo en todas las direcciones y los coches se detienen. El silencio invade el mundo, y el pavimento a rayas tiembla. La guerra comienza, Tokio explota: es tiempo de cruzar.

Las luces y colores del barrio de Shibuya envuelven el Scramble Kousaten por donde más de un millón de personas caminan a diario. El cruce de peatones mas transitado del mundo representa todo lo que Japón no es. Ya sea bajando por Inokashira Dori, o haciendo filas en la plaza de Hachiko, el universo ordenado y tranquilo del país nipón se rompe en mil pedazos cuando los semáforos cortan el transito. Sin embargo, a pesar de la imagen caótica que se puede observar desde el primer piso del edificio Tsutaya, en este ecosistema con microclima propio, nada se toca.

Los cuerpos, como imanes con cargas opuestas, se repelen, se evitan, y el aire cubre los espacios. La batalla, más que física es mental. Filigranas y gambetas, quiebres de cintura y pases de baile improvisados: cruzar el paso de cebra de Shibuya no es para novatos. Desde las cinco esquinas salen en todas las direcciones para llegar a todas las otras, de las que salen los que vienen, mientras los demás van, y el camino de cada alguien jamás podrá cruzarse con el de otro, porque en Japón cada persona es un mundo, y los planetas no se chocan.

Cuando cae la tarde, desde lo más lejos del ocaso oriental, se encienden los soles artificiales del sistema solar Shibuyiano, y todo brilla más. El cruce se convierte en un show de publicidades y castillos luminosos, y los seres mas extraños comienzan a asomarse entre los ciudadanos. Avatares, mangas y lolitas invaden las calles del barrio más nocturno de la ciudad. Ojos de colores y cabellos extravagantes, de vestidos aristocráticos de época, iluminados por las luces de los vehículos que viajan en todas las direcciones desde las seis avenidas que chocan en el epicentro de Tokio, donde Chūken Hachikō esperó durante nueve años al profesor Ueno, y donde hoy mas de dos mil pies, en completa cinética, esperan en fila que la guerra empiece, que la ciudad explote, que Shibuya invite, que sea tiempo de cruzar.